De uniforme a manifiesto: la nueva vida de la camisa

por Alice Colino

Cada vez que concluye una Fashion Week, empieza el juego de adivinar cuál será la prenda clave de la temporada. Tras los desfiles de Milán en septiembre —los dedicados a la Primavera/Verano 2027—, la respuesta que he encontrado es quizá la menos espectacular a primera vista: la camisa.

 

 

Estaba por todas partes: debajo de los trajes y sobre los vestidos, anudada a la cintura, abierta o con un botón de más desabrochado. La realidad es que hablar de temporadas rígidas tiene cada vez menos sentido, y la camisa lo demuestra mejor que cualquier otra pieza: más que una tendencia efímera, es una constante que cambia de rostro en cada ocasión. Resulta inevitable preguntarse cómo algo tan elemental —al fin y al cabo, dos mangas, un cuello y una hilera de botones— puede parecer completamente nuevo cada vez.

La camisa: de prenda íntima a uniforme

Para comprenderlo hay que remontarse al pasado, a una época en la que la camisa ni siquiera estaba a la vista. Durante siglos fue una prenda íntima, una capa de lino o algodón en contacto directo con la piel, oculta bajo chaquetas y corpiños; dejarla ver se consideraba poco refinado, casi como enseñar la ropa interior en aquellos tiempos.

 

 

Con el tiempo fue emergiendo sobre todo el cuello: blanco, rígido y almidonado, se convirtió en un distintivo de reconocimiento social. Señalaba a quienes trabajaban en despachos sin mancharse las manos, un origen que perdura hasta hoy en la expresión «cuellos blancos».

 

Todo esto era, evidentemente, un asunto exclusivo de hombres. Las mujeres se incorporaron a finales del siglo XIX con la blusa, combinada con falda larga por las primeras oficinistas y dependientas, que requerían una vestimenta práctica y ordenada para acudir al trabajo. A partir de ahí, el paso hacia el armario masculino fue breve, y a lo largo del siglo XX la camisa de hombre acabó vistiéndose cada vez más sobre cuerpos femeninos.

 

 

En los años ochenta, el power dressing la situó bajo trajes de chaqueta con hombreras prominentes, mientras que en los noventa el minimalismo la redujo a su mínima expresión. Fue entonces cuando la camisa blanca se convirtió en una suerte de uniforme: abrochada hasta el último botón, planchada con pulcritud, invariable y confeccionada sobre proporciones concebidas para la anatomía masculina, incluso cuando la llevaba una mujer.

La camisa en las pasarelas de 2026

En las pasarelas de este año, esa camisa tan formal se ha mostrado decididamente liberada. Varias colecciones han apostado por el color, combinando camisas rosas, celestes y blancas en una misma salida con cortes muy limpios, casi sobrios, que ceden todo el protagonismo al tono. Otras han preferido una vertiente más romántica dominada por lazadas, cuellos corola y transparencias, donde el chifón, el encaje y la organza aportan ligereza y un matiz ensoñador.

 

Y luego está la camisa blanca desestructurada, que resulta quizá la propuesta más interesante de todas. Recuerda la maestría de quienes, en la moda italiana, la trataron como una obra de arquitectura, calculada al milímetro en cada pliegue. Hoy esa precisión milimétrica se aplica a la inversa: los volúmenes se desplazan, el cuello se abre de forma asimétrica y un botón salta el ojal deliberadamente. El acabado parece casual, pero detrás subyace una búsqueda muy consciente de la imperfección.

Planteada así, la distancia entre el ayer y el hoy se hace evidente. La camisa de antes era una prenda solitaria, cerrada y sujeta a normas masculinas. La actual se lleva abierta, sutilmente asimétrica y, sobre todo, se ha consolidado como el punto de partida indispensable para construir el layering, tanto para ella como para él.

 

Esta transformación tiene un impacto que trasciende la estética: durante décadas, la camisa fue una prenda de precisión milimétrica, con una talla exacta y un modo estricto de llevarse; quien no encajaba en ese molde terminaba sintiéndola como algo prestado. Desde el instante en que deja de exigírsele perfección, la camisa se amolda a la persona, una libertad que hasta hace unos años parecía impensable.

Ideas de looks con camisa

Trasladar este espíritu de la pasarela a la rutina diaria resulta más sencillo de lo que parece. Una camisa oversize lila con lazada al cuello, por ejemplo, dirige de inmediato la atención hacia el rostro y genera una caída fluida que envuelve la silueta sin ceñirla. Funciona llevada por fuera con un pantalón recto o una falda midi, manteniendo el lazo anudado de forma holgada, nunca demasiado apretado.

 

Para un conjunto de oficina menos formal se puede apostar por el monocolor: una camisa blanca clásica abierta a modo de sobrecamisa ligera sobre un dos piezas gris de blusón y pantalón ancho. La línea vertical ininterrumpida en gris desde el hombro hasta el bajo estiliza la figura notablemente.

Bajo un vestido blazer basta con dejar asomar el cuello y los puños —doblando estos últimos sobre las mangas de la chaqueta— para lograr un aire impecable pero desenfadado. En combinación con un traje gris, una camisa negra con detalle de fular asume el rol que en la sastrería masculina correspondería a la corbata, aportando un toque personal incluso al sastre más sobrio.

 

Algunos trucos resultan infalibles: meter únicamente la parte delantera de la camisa dentro del pantalón para marcar la cintura sin oprimirla,

remangar los puños hasta la mitad del antebrazo y priorizar tejidos fluidos que sigan con naturalidad el movimiento corporal.

 

Casi todas guardamos en el armario esa camisa predilecta, a la que recurrimos cuando falta la inspiración sabiendo que encaja con todo. Con el paso de los años ha renovado su significado infinidad de veces sin perder su estructura esencial; quizá el secreto de su vigencia radique, precisamente, en su capacidad para dejar siempre espacio a quien la viste.