Del lienzo al armario: la lección cromática de Rothko

por Francesca Delogu

Ante un Rothko se guarda silencio, en una especie de cortocircuito sensorial e inmersivo. Los colores se rozan, se contradicen, se sorprenden entre sí: una dialéctica inestable con una fuerza expresiva que ninguna combinación “prudente” logra producir.

Florencia acoge hasta el 23 de agosto en el Palazzo Strozzi una de las exposiciones más importantes jamás dedicadas al artista estadounidense de origen letón, con setenta obras que recorren cuarenta años de investigación: el maestro del Color Field Painting, que se suicidó en Nueva York en 1970 a los sesenta y seis años, utilizaba el color logrando abrir en el espectador un espacio interior hecho de emociones puras, casi físicas.

Sus cuadros monumentales, casi como fulares gigantes, son rectángulos suspendidos de bordes vibrantes: permanecen en una frontera indefinida, como si respiraran. Y es precisamente en esa suspensión donde actúan sobre el sistema nervioso y la mente, con la potencia de ciertos acordes musicales.

Pero, más allá de la historia del arte, ¿cómo cambia nuestra forma de vestir después de observar el color de este modo? Cabe preguntarse si la onda expansiva de esta experiencia no está ya modificando algo en la forma en que percibimos los tonos de las chaquetas, los pantalones y los vestidos que elegimos llevar.

Cómo elegir los colores que nos definen

Durante mucho tiempo hemos entendido la combinación de colores como una disciplina basada en una armonía previsible: el tono sobre tono tranquilizador, el neutro como refugio frente al riesgo del error, la rueda cromática obediente. Reglas que han dado lugar a armarios impecables y combinaciones perfectas, pero a menudo con poco peso narrativo.

 

En cambio, frente a un Rothko, esa idea se resquebraja: los colores permanecen en tensión. Y entonces puede intentarse un cambio de enfoque, también en lo cotidiano, y mirar el armario como un pequeño espacio de posibilidades. Por ejemplo: partir de dos colores que no se combinarían nunca, dejando atrás las “zonas de confort”. Rojos junto a rosas, marrones cálidos sobre naranjas terracota y el lila glicina en diálogo con el ocre.

 

Optar por combinaciones cromáticamente audaces puede convertirse en un gesto de reapropiación, una forma de iluminar nuestros estados emocionales. Rothko lo pedía de forma explícita a quienes se acercaban a sus lienzos. “No quiero que las personas aprecien el color o la forma”, escribió. “Quiero que se conmuevan”. 

En 1950 visitó Florencia con su esposa Mell en un viaje que dejó una huella indeleble en su imaginación: el encuentro con los maestros de los siglos XV y XVI lo acompañó durante toda su vida, alimentando esa dimensión cromática casi sagrada que marcaría su madurez artística.

 

En las pinturas de Rothko ocurre que un naranja quemado persigue al violeta, en una dialéctica que genera fuerza porque ninguno de los dos cede al otro. Eso es lo que los teóricos del color llaman resonancia, y lo que cualquiera que haya pasado veinte minutos frente a uno de sus grandes cuadros conoce, sin necesidad de definiciones.

Azul claro, verde y ocre: vía libre a los contrastes

La moda contemporánea está llegando a las mismas conclusiones que Rothko. Y quizá no sea casualidad que ocurra justo ahora, en un periodo de incertidumbre en el que sentimos cada vez más la necesidad de habitar el cuerpo de forma sincera. El color que elegimos por la mañana es la primera declaración del día: un naranja incandescente porque nos calienta desde dentro, un azul profundo para recuperar la presencia, un verde musgo para sentirnos arraigadas.

 

Esta temporada la paleta se abre y se oxigena: el azul empolvado se encuentra con el verde vegetal, el rosa pop rompe la calma con una ironía inesperada, y el violeta se vuelve más fluido y menos definido. En las nuevas colecciones, algunas combinaciones parecen concebidas ya como pequeñas composiciones pictóricas. Pero otras veces somos nosotras quienes componemos el lenguaje emocional: podemos salir del perímetro habitual combinando el rosa pop con un tono quemado o el ocre con el verde, para crear contrastes más instintivos y personales.

Como ante un lienzo de Rothko, buscamos sintonía: ¿qué vibra? ¿Qué nos interpela de verdad? Cada gesto cotidiano, incluso el más simple, como abrir el armario y elegir qué ponerse, se convierte en un momento de escucha y descubrimiento, un pequeño ejercicio con consecuencias sorprendentes. Rothko lo sabía. Tal vez sea hora de que también nosotras lo aprendamos.

“Rothko a Firenze”, Fondazione Palazzo Strozzi, del 14 de marzo al 23 de agosto de 2026. Con secciones especiales en el Museo Nacional de San Marcos y en la Biblioteca Medicea Laurenziana