Ante un Rothko se guarda silencio, en una especie de cortocircuito sensorial e inmersivo. Los colores se rozan, se contradicen, se sorprenden entre sí: una dialéctica inestable con una fuerza expresiva que ninguna combinación “prudente” logra producir.
Florencia acoge hasta el 23 de agosto en el Palazzo Strozzi una de las exposiciones más importantes jamás dedicadas al artista estadounidense de origen letón, con setenta obras que recorren cuarenta años de investigación: el maestro del Color Field Painting, que se suicidó en Nueva York en 1970 a los sesenta y seis años, utilizaba el color logrando abrir en el espectador un espacio interior hecho de emociones puras, casi físicas.
Pero, más allá de la historia del arte, ¿cómo cambia nuestra forma de vestir después de observar el color de este modo? Cabe preguntarse si la onda expansiva de esta experiencia no está ya modificando algo en la forma en que percibimos los tonos de las chaquetas, los pantalones y los vestidos que elegimos llevar.