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Cómo preparar la maleta perfecta para un fin de semana: los secretos de las amantes del arte

de Francesca Delogu

Preparar la maleta para una escapada de fin de semana es un arte infravalorado. Casi es más fácil prepararse para un mes en la playa: hay margen para errores, cambios de opinión y prendas demasiado abrigadas o demasiado urbanas que regresarán a casa aún dobladas. Dos días, en cambio, exigen precisión: el secreto está en el coraje de renunciar a nuestra zona de confort y en confiar en nuestro instinto (que siempre es lo más difícil). Las mujeres que lo han dominan destacan enseguida: aparecen en un vernissage con un bolso que parece demasiado pequeño para llevar lo imprescindible y se desenvuelven con soltura entre muestras, cócteles, inauguraciones y cenas de última hora sin desentonar jamás.

Las amantes del arte, esas mujeres que se mueven entre la Bienal, los festivales de cine, las ferias y las semanas de la moda, han perfeccionado con el tiempo una suerte de edición mental del armario: poca ropa, un sinfín de opciones y cero excesos. Saben que la elegancia en los viajes depende más del ritmo que de la cantidad. La emblemática Rosamond Bernier, periodista, fundadora de la revista L’Œil y amiga de Picasso y Matisse, fue probablemente la máxima representante de esta filosofía: una vida entre estudios, museos, redacciones y aeropuertos, con esa levedad perfecta de quien jamás carga con más de lo imprescindible. Su verdadero lujo era saber elegir.

Mayo es el mes ideal para dejarse inspirar por este enfoque. La Bienal de Arte de Venecia acaba de inaugurar su 61.ª edición y, casi en paralelo, el Festival de Cannes convierte la Croisette en una pasarela improvisada de entusiastas, fotógrafas, actrices y comisarias que logran ir de la playa a un estreno con igual soltura.

Cannes, al fin y al cabo, es el lugar donde realmente se entiende la diferencia entre vestir bien y lucir una elegancia meditada: el viento salobre que llega del mar, las jornadas que empiezan temprano con entrevistas en hoteles y terminan al atardecer entre terrazas y alfombras rojas obligan a elegir prendas capaces de soportar las temperaturas cambiantes y los imprevistos. La elegancia de las mujeres más sofisticadas del festival se construye restando. Las que llevan años acudiendo a estas citas, ya sean periodistas culturales, relaciones públicas, coleccionistas o galeristas, han resuelto la cuestión de forma definitiva: maleta pequeña, una silueta coherente y pocas piezas que puedan adaptarse a cada ocasión. Asomarse a su armario de fin de semana es más provechoso que cualquier tutorial.

El método de extenderlo todo en el suelo: el truco de tendencia para preparar la maleta

Hay un gesto que las estilistas de moda conocen bien y que raramente sale de las redacciones: antes de construir un editorial, lo extienden todo sobre el suelo. Las combinaciones se ven desde lo alto y luego se recolocan, se mezclan, se superponen. Se trata de un ejercicio visual que también funciona a las mil maravillas para una escapada de fin de semana: tender chaquetas, faldas y camisetas en el suelo transforma por completo tu punto de vista y te hace ver al instante las repeticiones absurdas y el peso evitable (“Por si acaso” es todo un clásico, ¿verdad?). Modificar la perspectiva también saca a la luz combinaciones insospechadas: el kimono sofisticado con el pantalón de lino,

el blazer sobre la falda de satén blanco y el vestido minimalista de denim que alcanza una elegancia cinematográfica con un fular anudado al cuello. Si aplicamos esta técnica de escaneo, también se reduce drásticamente el número de zapatos, ya que descubrimos cuáles sobran. No en vano las amantes del arte los escogen con una exactitud casi científica: bailarinas, tal vez rojas para crear un contraste llamativo, para estar de pie todo el día, y unos zapatos de tacón bajo que transformen el movimiento y el look. Dos pares son suficientes, lo demás estorba. 

Las prendas imprescindibles que resuelven todo

“La perfección no se alcanza cuando no queda nada que añadir, sino cuando no queda nada que quitar”, escribió Saint-Exupéry en Tierra de hombres. Hablaba de aviación, pero también podría ser la descripción de la maleta ideal. La regla no escrita de las grandes viajeras es que cada prenda debe ganarse un puesto en la maleta al menos tres veces: es decir, debe ser capaz de “multiplicar” su rol en tres situaciones diferentes y lograr cambiar de función, adaptarse y renovar la energía. Si no lo consigue, se queda en casa.

La prenda de la que partir puede ser precisamente un elemento central: una túnica de lino blanco de inspiración kimono, con motivo floral verde salvia. Sola ya constituye un look completo para una jornada entre los pabellones. Si, en cambio, se combina con un pantalón ligero, resulta más práctica; mientras que con un cinturón puede ser la protagonista absoluta del aperitivo en el Gran Canal. A su alrededor, algunas prendas clave: un chaleco largo de lino que funciona por la mañana con la misma soltura que por la noche, solo hay que variar lo que llevamos debajo; un pantalón de corte suave y color neutro para pasar de un plan a otro sin desentonar; un total look blanco, compuesto por falda, camisa y abrigo ligero, que se pueda separar y combinar con otras piezas; y una camiseta de algodón, prenda básica y camaleónica por excelencia. Los accesorios se encargan de todo lo demás. Un bolso bowling, un fular capaz de transformarse en turbante cuando el viento sopla en el paseo marítimo, un bolso de mano y unas pulseras vistosas que evocan el clan clan ruidoso y teatral de Peggy Guggenheim al bajar de la góndola. Todo está ahí por algo.

Y luego siempre está esa prenda que no obedece a la lógica. Esa que desafía todas las normas: una capa transparente color tabaco con volantes ligeros, por ejemplo, una pieza que no “sirve” en sentido práctico y que probablemente ni siquiera supera la famosa regla del tres. Pero pesa muy poco, ocupa menos espacio que un jersey y tiene la rara capacidad de transformar una noche cualquiera en un recuerdo único. Es el tipo de prenda que metes en la maleta y lo transforma todo. Porque, en definitiva, la maleta perfecta es la que logra definirnos con pocas piezas, al igual que ciertas colecciones exquisitas o los hogares de las grandes coleccionistas: sin excesos ni elementos al azar, todo con personalidad y repleto de vida. Y tal vez ese sea el mayor logro: viajar ligeras sin dar la impresión de haber renunciado a algo.